Producimos más ropa que nunca pero, ¿qué precio estamos pagando por ello? Es una realidad que la industria textil actual tiene un impacto ambiental en toda la cadena de valor. Por ejemplo, muchos de los productos químicos que se utilizan en la fabricación de tejidos son perjudiciales para el medio ambiente o incluso para la salud de los empleados, en algunos casos. Y, por si esto fuera poco, hay otro frente abierto: los residuos que genera. 

Según el Foro Económico Mundial, cada año, el 85% de todos los textiles acaba en la basura. Entonces, ¿qué sentido tiene seguir produciendo tanta cantidad de ropa? En el mundo, se calcula que menos del 1% de los tejidos se reconvierten para volver a usarse y en Catalunya, el nivel de recogida selectiva de los residuos textiles es menor al 15%

¿Cómo evitamos tantos desechos? ¿Es posible otro concepto de moda? Dicen que vestirnos refleja nuestro estilo o nuestra personalidad pero, ¿y si pudiera reflejar que queremos un futuro mejor?  El reciclaje no está de moda en este sector, por ahora, pero podemos hacer que las cosas cambien.

La moda rápida o fast fashion, ¿cómo empezó todo?

En la década de los ochenta, la moda vivió una gran transformación con la llegada de las tiendas multimarca y los grandes almacenes. Comprar lo que se veía en las pasarelas era demasiado caro para la gran mayoría, sobre todo en épocas de crisis, así que las marcas minoristas decidieron producir en masa, a un bajo coste y de forma cada vez más rápida. Querían democratizar la moda y así fue como empezaron a crear un fenómeno que pronto se expandió por todo el mundo: la “fast fashion”. 

En la era del consumismo, contar con ropa asequible y que además es tendencia, suena bien pero, ¿qué hay realmente detrás de este movimiento? 

Si nos basamos en los estudios, el impacto ambiental y social que causa se podría resumir en tres aspectos:

  • Ropa de poca calidad: si por algo se caracteriza la “fast fashion” es porque este tipo de prendas no nos acompañarán muchos años. No suele ser resistente ni atemporal. Precisamente por ello, fomenta una mentalidad “de usar y tirar”.
  • Malas condiciones laborales: solo en los países asiáticos hay más de 40 millones de personas que trabajan en el sector y lo hacen en condiciones abusivas y con salarios muy bajos, trabajando entre 14 y 16 horas al día.  Iniciativas como Comercio Justo Fairtrade promueven acciones para defender los derechos de los trabajadores y garantizar su seguridad. Sin olvidar que la explotación infantil sigue patente en países como la India, donde casi medio millón de niños son contratados para la producción de semillas de algodón.
  • La contaminación: para empezar, producir los tejidos requiere una gran cantidad de energía. El poliéster, uno de los más utilizados, es muy contaminante y solo en 2015, produjo 282 mil millones de toneladas de dióxido de carbono, el triple que el algodón. Además, según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, la moda representa hasta el 10% de la producción mundial de dióxido de carbono. Pero hay otras amenazas para el planeta como el uso de productos químicos para el tratamiento de la ropa o los residuos que se genera, por tierra, mar y aire.

Tiramos más ropa que nunca

Según un informe de la Fundación Ellen MacArthur, la producción de ropa no deja de aumentar. Si en el año 2000 se fabricaron unos 50 mil millones de prendas, en el 2015 fueron más de 100 mil millones. Quizá no hace falta tanta producción, sobre todo teniendo en cuenta que cada año, se tiran 92 millones de toneladas de textiles a los vertederos. 

Precisamente por ello, las marcas de moda han sido objeto de críticas por prácticas como la destrucción de productos que no venden y el envío de montones de ropa a vertederos al otro lado del mundo, creando una auténtica catástrofe ambiental. En el mayor mercado de ropa de segunda mano de África occidental, cada semana llegan unas 15 millones de prendas usadas desde el Reino Unido, Europa, América del Norte y Australia. El problema es que el 40% es de tan mala calidad que no se puede volver a usar. 

Por otro lado, la moda representa una quinta parte de los 300 millones de toneladas de plástico que se producen en todo el mundo cada año. Además, hay otro problema subyacente y es que un ciclo de lavadora podría liberar más de 700.000 fibras microscópicas de plástico, según un estudio de la Universidad de Plymouth en el Reino Unido. Esta contaminación, que acaba en el océano, puede afectar la cadena alimentaria de los animales, acumularse en el tracto digestivo de estos o incluso cambiar el comportamiento de algunas especies marinas.  

No se trata de acabar con la industria textil sino de reinventarla

Cuando llega febrero y septiembre, se celebran las Semanas de la Moda pero en el mes de noviembre, tenemos otra cita: La Semana Europea para la Reducción de Residuos (EWWR). Precisamente, esta 14 edición se centra en los tejidos. 

Mientras tanto, la idea de basar la industria de la moda en la economía circular tiene cada vez más fuerza. Y es que eso significa cuidar el medio ambiente, proteger a las personas que forman parte de este sector y cambiar la manera de producir, para conseguir prendas que pueden ser reconvertidas en algo nuevo. 

La moda rápida preocupa a muchas de las empresas del sector y algunas toman las riendas para abordar los desafíos ambientales y sociales. Es el caso de Zero Discharge of Hazardous Chemicals, una coalición formada por 22 marcas de ropa que quiere mejorar y ampliar el uso de productos químicos sostenibles y no tóxicos en la cadena de suministro de textiles y calzado. 

Otro proyecto interesante es Circ, una plataforma de tecnología líder en el campo del reciclaje de ropa. Lo que están haciendo es utilizar los residuos para convertirlos en nuevos tejidos ya que su objetivo es eliminar por completo la demanda de materias primas de la naturaleza.

Por su parte, la firma Hemper apuesta por los tintes naturales, ya que estos reducen la cantidad de residuos tóxicos.  Además de cuidar el planeta, este método artesanal les da un carácter especial a sus prendas. No hay dos iguales porque en cada proceso, los tintes se manifiestan de una forma única.  

Y otro ejemplo inspirador para terminar, Coleo. Con el propósito de lograr una industria textil más justa, la empresa ha creado su propio ecosistema local y escalable que se desglosa en diferentes fases. Primero, recogen las prendas usadas. Después, las clasifican y las reciclan en innovadoras plantas de trabajo inclusivo. Y allí, ocurre la magia. El residuo se transforma en materia prima y después,  en fibra. Esa fibra servirá para crear los hilos de las telas que finalmente diseñarán una prenda totalmente nueva. Eso sí, con una historia única detrás que nada tiene que envidiar a las prendas que son totalmente nuevas. 

A nivel político, la Directiva 2018/851 de la Unión Europea obliga a todos los países miembro a crear un sistema de recogida selectiva de textiles antes del 1 de enero de 2025. 

Ahora más que nunca, son necesarias medidas que regulen la industria en todos los niveles para eliminar el impacto ambiental porque no solo queremos ir a la moda: queremos marcas transparentes, honestas y conscientes.

¿Qué puedes hacer tú a la hora de vestirte?

Está claro que la ropa te hace sentir bien cuando la vistes pero comprar pensando en la sostenibilidad nos hace sentir bien a todos, también al planeta, así que recuerda:

    • Pensar antes de comprar si realmente necesitas esa prenda.
    • Elegir ropa producida en condiciones de Comercio Justo Fairtrade. A través de la etiqueta de la prenda podrás comprobarlo.
    • Valorar el esfuerzo que existe a la hora de producir la ropa.
    • Poner ciclos de lavado en frío para ser más eficiente con la energía y cuidar los tejidos. 
    • Visitar más tiendas de segunda mano. A veces no tienes ni que salir de casa porque muchas tienen su aplicación móvil para ponértelo fácil.
    • Y si eres tú el que tienes ropa que no te pones, puedes pasársela a familiares o amigos. 

Muchas modas vuelven después de unos años pero esperamos que esta tendencia de generar tantos residuos vaya desapareciendo poco a poco. 

Esta vez, para no volver.