Santi Palacios, Fotoperiodista. 

 

Cuando llegó el momento de orientar su futuro profesional, Santi sabía en qué ámbito quería moverse, pero no cómo concretar. Así, mientras estudiaba sociología, se adentró en el mundo de la fotografía y descubrió que aquella era la herramienta que le permitía estar donde quería estar. Poco a poco, se ha ido forjando una carrera como fotoperiodista especializado en el ámbito internacional, documenta conflictos, migraciones y nos confiesa su actual gran obsesión: conseguir retratar el cambio climático para que las imágenes estén a la altura de la gravedad de los informes que nos llegan. 

 

Hablas mucho del concepto de la ecología humana, ¿qué es? 

Es una disciplina que estudia la relación entre el ser humano y su entorno. La conocí en sociología y me apasionó. Una de las especialidades que me interesa es la crisis climática, es el gran problema que tenemos, pero la ecología humana es un concepto más amplio que la crisis climática. La ecología humana trata de entender esa relación entre ser humano y entorno independientemente de si hay o no crisis climática. Es decir: la geografía política, el urbanismo, los sistemas de protección medioambiental entran dentro de la ecología humana, la ubicación de las zonas industriales… Todo esto entra dentro de la ecología humana. Es una perspectiva a través de la cual tú puedes estudiarlo absolutamente todo. Si tú quieres entender la multiculturalidad de un barrio, te tienes que ir a estudiar una problemática desde la perspectiva de la ecología humana y saber qué está pasando en ese entorno del que procede la gente. 

 

¿Cuál es tu objetivo como fotoperiodista?

¿Cuál sería el mejor periodismo que podríamos hacer? Agarrar a todo el mundo y llevarle al sitio donde está pasando. Porque ahí es donde verá lo que está sucediendo, empatizará, entenderá que tiene la capacidad de aportar algo, de influir, de mejorar la situación de esas personas que están sufriendo lo que están sufriendo. Y como eso es imposible llevarse a todo el mundo donde están sucediendo las cosas, tenemos que hacerlo los periodistas. Y ese es el objetivo: trasladar de la mejor manera la posible información para crear esos sentimientos de capacidad de acción, de conciencia, de empatía, de solidaridad…

 

¿Y crees que este objetivo se consigue?

Soy muy auto crítico con el trabajo que hacemos, con el que hago yo, con el que hacemos en general en el sentido en el que hay cosas que me generan muchas dudas, sobre si funcionan para bien o no… Me explico. En la cobertura de fronteras tengo la sensación de que cada una de las fronteras por las que pasamos el bombardeo de información, de imágenes, mediático, acaba derivando después en un debate público en la reacción de los gobiernos -en este caso europeos- que suele ser para mal. Suele ser cerrar fronteras a cal y canto creyendo que eso es una solución al problema, que nunca lo es. O la externalización del control de fronteras que eso es un problema muy grave y que atenta contra todos los principios en los que descansa la unión europea y que es algo que estamos viviendo hoy en día. Jamás he pensado que eso sea culpa de las imágenes que hacemos los fotoperiodistas, no somos tan importantes, pero sí que contribuimos a ese debate público que acaba derivando en eso. Entonces, tengo dudas, a veces, pero hay muchas cosas positivas. 

 

¿Hoy en día, somos inmunes a las imágenes por el fácil acceso que tenemos a ellas?

Yo no creo que, hace cuarenta años apareciera una imagen de una hambruna en el cuerno de África y cualquiera que la estuviera viendo se levantara y dijera “madre mía, ¡hay una hambruna en el cuerno de África! ¡Voy a dejar mi trabajo y voy a ir a solucionarlo!”. No se trata de eso. Eso no pasa hoy, pero tampoco pasaba entonces. Lo que creo es que, en el corto, en el medio plazo quizás también, esas imágenes lo que ayudan es a activar a los actores que tienen capacidad para actuar. Yo no quiero que tú, que tienes tu jornada de trabajo, veas esas imágenes y digas “pues dejo mi trabajo y voy a salvar el mundo”. No va de eso. Parece que, a veces, el fotoperiodismo no funciona si no va de eso, si no hay esa épica o esos fuegos artificiales. Y ni mucho menos. Tú seguirás con tu trabajo, pero, primero: esto pasará a interesarte, tal vez entonces lo hables por la noche en la cena con los amigos o con la familia, generará conciencia sobre el tema, podrá incluso influir en tu voto, en las próximas elecciones. A quien de verdad movilizará es a esos profesionales de pequeñas, medianas y grandes organizaciones que tendrán capacidad, por seguir con el ejemplo, de actuar -por ejemplo- una hambruna en el cuerno de África.   

 

Tú hablas más de empatía que de solidaridad…

Yo creo que la palabra solidaridad está un poco sobreexplotada, que casi le han quitado parte de su valor por la forma en que se ha utilizado. No es que no lo tenga, ni mucho menos, pero digamos que parece que tenga muchas connotaciones. A mí me gusta utilizar el concepto de empatía para hablar de fotoperiodismo y de lo que se persigue muchas veces al hacer fotoperiodismo -hablando del fotoperiodismo que trata crisis y conflictos-. A mí me gusta hablar de empatía porque, al final, lo que tratas de hacer con las imágenes es mostrar una problemática a gente que no tiene nada que ver con esa problemática ni con esas personas que aparecen en las imágenes, y lo que estás buscando es que haya una reacción. Y esa reacción tiene mucho que ver con la empatía. Ahora, que hay momentos en que empatía y solidaridad se conectan, eso está claro. 

 

¿La solidaridad se aprende?

Yo creo que casi todo se aprende. No quiero meterme en camisa de once varas y decir algo que no corresponda, seguro que habrá distintos comportamientos del ser humano, pero creo que efectivamente todo se aprende y cuanto más se aprenda, cuanto más se enseñe y cuánto más se estudie, mejor podrás comprender y aprender. En el caso de la solidaridad, que insisto, a mí me gusta transformarla en el concepto de empatía por lo denostado que está a veces el concepto de solidaridad- creo que sí, que entender te ayuda mucho a romper ciertas barreras. Yo he vivido muchos ejemplos de gente a la que le ha cambiado la opinión sobre una temática a la hora de venir al terreno y trabajar. 

 

¿Hay alguna fórmula para generar esta empatía?

Un ejercicio buenísimo que se puede hacer es: tú reduces el mundo a una isla con diez personas. Si solo existiéramos diez personas viviendo en una isla ¿nueve viviríamos en casas y una de las diez en la calle? No, ¿no? No creo que sucediera. ¿Dejaríamos que una de esas diez personas fuera la propietaria, por ejemplo, de toda la electricidad? ¿O de toda el agua, y que los demás tuviéramos que pagarle? Y unos podrían y otros no, unos se morirían de sed… No creo que sucediera eso en una sociedad de diez personas. Tenemos que hacer el ejercicio de trasladar ese concepto a las sociedades en las que vivimos, a las comunidades millones de personas. En las que no conoces el nombre y apellido de los que lo están pasando mal, pero que no por eso dejan de pasarlo mal. Ahí es donde hay que romper, y eso solo se puede hacer a través de la comunicación. 

 

¿Y cómo se consigue generar esta empatía con una fotografía?

Toda nuestra experiencia personal se vuelca a la hora de mirar una imagen, entonces esa parte no la controlas. Lo único que puedes controlar son las herramientas que tienes y la capacidad de trabajo, crear una imagen que tú creas que funciona, que emociona. Este, para mí, es el reto que más me gusta. Me parece el más difícil y es el que más me gusta, hoy en día. Con los años me he ido obsesionando con esta idea y cada vez me interesa más las imágenes… Si bien pude venir más de la imagen etnográfica, por venir precisamente de la sociología y la antropología, pude llegar a fotografiar desde esa idea, precisamente ahora busco todo lo contrario: imágenes que generen emociones. 

 

Decías que tu principal objetivo en la actualidad es la crisis climática… 

Ahora de lo que se trata, por la parte que a mí me toca, es que seamos capaces de generar imágenes, que seamos capaces de ver en imágenes las informaciones que nos traen los informes. ¿Cómo muestras ese enemigo silencioso? No lo sé, lo pregunto porque no tengo la respuesta. Lo que me estoy dedicando es a probar, a ver cómo encuentro una manera de acercar de forma visual las consecuencias de la crisis climática para que tengan, por lo menos, el mismo nivel que tienen esos informes tan duros que nos llegan en el que dices “madre mía, estamos fatal…”, pero luego no lo ves.

 

¿Cómo sientes tu trabajo? ¿Vale la pena? 

Me queda demostrado que el trabajo que hacemos hace pensar. Y me queda demostrado que hace pensar porque hoy en día podemos percibir, y sobretodo gracias a las redes sociales, el debate que generan las imágenes que producimos. La gente se pone en contacto contigo, y sea a favor o en contra de una idea o de otra, lo que quieras, pero estamos discutiendo o estamos debatiendo y, por tanto, estamos pensando. Y eso siempre es bueno. 

 

En una época en la que hay que ver para creer, más que nunca sucede que lo que no vemos ni lo conocemos, ni si nos lo cuentan, nos lo creemos. Entonces, por eso es importante documentar lo que hacemos.